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Ruta de las Emociones

Ruta de las Emociones,
De Fortaleza a São Luis

…o viceversa, el orden no altera el producto, la Ruta de las Emociones es absolutamente fascinante. Pasando por Flecheiras, Jericoacoara, Barra Grande, Delta del Parnaiba y para terminar o comenzar, según se mire, el Parque Nacional de Lençóis Maranhenses.

Esta parte del litoral nordestino brasileño es paralela a la línea del Ecuador y se encuentra a 300 km al sur de éste. Por lo tanto, todo lo que aprendimos en clase de geografía para clima ecuatorial, se aplica aquí: calor y humedad. Solo hay dos estaciones: la de lluvia, de enero a julio, y la más seca el resto del año.

Se encuentra en un cinturón de bajas presiones con lo que los vientos alisios convergen aquí, junto con una zona de temperatura alta del agua. Todo ello resulta en un lugar excepcional para la práctica del wind y del kite surf.

El recorrido se hace con Jeep off road por la playa. Porque es más divertido, porque quedan pocos lugares donde se pueda hacer y sobre todo, porque no siempre hay carreteras y cuando las hay, no son mejores que ir por la playa.

Con esto queda claro que la infraestructura es completamente diferente a la que estamos habituados. Y no solo en la red de carreteras. Se puede aplicar esta regla de sencillez a todo lo que nos depara el resto del viaje. Simplemente la mejor forma de disfrutar con nuestra Ruta de las Emociones.

Y además kilómetros y más kilómetros de playas desiertas donde parar en cualquier momento para darse un chapuzón. O buscar un poco de civilización para poder comer en cualquier barraca de pescadores una langosta o un pescado fresco recién capturado.

Dunas de arena blanquísima y finísima donde deslizarse en tablas hasta lagunas de agua dulce y tibia. Comer en esas mismas lagunas sentados en el agua y rodeados de peces para dormir la siesta después en hamacas suspendidas justo por encima. Manglares y desembocaduras de ríos en cuyos márgenes tienen sus nidos caballitos de mar. Atravesar esos ríos en balsas de troncos. Visitar islas desiertas e incluso dormir en ellas en el Delta del Parnaiba. Observar el vuelo de los Guarás en los Igarapés del Delta. Poder apreciar todas las sutilezas de una puesta de Sol, porque cada día se superan. Acostarse al anochecer y despertarse al amanecer. Dormir mecido por el murmullo del mar y del viento y despertarse con el griterío de los papagayos, monos y demás vecinos de isla desierta. Y descubrir que el mundo es inmenso en los Lençóis. No hay nada comparable con ese páramo lunar de arena mullida y salpicado de lagunas.

Después de un viaje así, lo complicado es al volver intentar explicar las dimensiones, la grandeza y belleza de lo vivido. Lo más fácil es callar y dejar percibir con la mirada que posiblemente se ha experimentado algo único. Los ojos brillan de otra manera. Y cuando está todo recogido y comienza de nuevo el día a día, es un auténtico deleite descubrir que todavía se nos ha quedado arena pegada en algún sitio de la que no hemos conseguido librarnos. Es una oportunidad para rememorar todas esas memorias de la Ruta de las Emociones, para saborearlas de nuevo.

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